Mostrando entradas con la etiqueta Lecturas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lecturas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de mayo de 2011

EL LAGO DE LOS MONSTRUOS

Érase una vez, en un pueblecito cerca de Bruselas, que se llamaba Tervuren, 
había un gran parque, y en medio del parque había un bosque gigantesco;
 
y en ese bosque, había un lago oscuro y tenebroso
 
en el que vivía un monstruo, que se llamaba Monsta.
Monsta se había comido todos los monstruos que vivían en el lago 
y todos los niños que se acercaban a la orilla del lago
 
y por eso tenía una tripa enorme y redonda;
 
ésta era tan grande que, cuando el monstruo se movía,
 le arrastraba por el suelo y, para moverse mejor,
 
tenía que agarrarse a las ramas de los  árboles que rodeaban el lago,
 
y todas estaban medio caídas y casi a la altura del agua.
 
 
Monsta, el monstruo, estaba hambriento, tenía hambre;
ya no había nada que comer; se había comido todos los monstruos,
y los niños ya no se acercaban a la orilla del lago porque tenían miedo.
Hasta que un día, cerca del lago, había un grupo
de niños jugando al fútbol y un niño chiquitito le dio un
patadón al balón que fue a parar cerca de una esquina del lago.
Monsta, que cada día tenía más hambre, miró a esa cosa
redonda, cerca de la esquina del lago, y pensó: me la podría comer.
 
Así que se fue hacia la esquina, arrastrando su tripa y
agarrándose en las ramas de los  árboles y, de un bocado, se tragó el balón.
Entonces, los monstruos y los niños que estaban dentro de la tripa, 
empezaron a jugar un partido de fútbol entre ellos,
y un monstruo le dio un patadón al balón que lo explotó.
 
Todo el aire del balón salió fuera y la tripa empezó a hincharse e
hincharse hasta que también explotó.
Entonces todos los monstruos salieron fuera de la tripa 
y todos los niños se fueron corriendo a sus casitas a decirles a sus papas
ya estamos aquí y a contarles todo lo que había pasado.

 
La tripa de Monsta ya no estaba grande y redonda 
y no tocaba el suelo y él estaba delgado.
 
Podía caminar sin agarrarse a las ramas de los  árboles
 
y, además  tenía amigos.
Había más monstruos en el lago y podía jugar con ellos.
Entonces Monsta pensó: Ya no voy a comer más monstruos ni más niños.
Y desde ese momento, Monsta solo comía las frutas de los
 árboles que había cerca del lago.
Y cuando los niños se acercaban a la orilla del lago,
Monsta les daba un paseo por el lago en su enorme cola.

Y todos fueron felices, comieron las frutas de los árboles
y colorín, colorado, este cuento se ha acab
ado.

jueves, 14 de octubre de 2010

Galletitas

Otro cuento para pensar. A ver que os parece. Podéis comentar.

GALLETITAS
 
A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación.
Un poco fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.

Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer de cuenta que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.

Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galletita.
La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho.
El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.
Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. " No podrá ser tan caradura", piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas.
Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

- ¡Gracias! - dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.
- De nada - contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.
El tren llega.
Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: " Insolente".
Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas...  ¡Intacto!

jueves, 7 de octubre de 2010

El Socavón

 El otro día leímos en clase este cuento "para pensar". 
Os lo pongo para que lo podáis volver a leer y también se lo enseñéis a los padres/madres y demás familiares, a ver que les parece.
Podéis hacer comentarios sobre el cuento, a ver si salen ideas interesantes.
  
Me levanto por la mañana. Salgo de mi casa. Hay un socavón en la acera. No lo veo y me caigo en él.

Al día siguiente salgo de mi casa, me olvido de que hay un socavón en la acera, y me vuelvo a caer en él.

Al tercer día salgo de mi casa tratando de acordarme que hay un socavón en la acera. Sin embargo, no lo recuerdo y caigo en él.

Al cuarto día salgo de mi casa tratando de acordarme del socavón en la acera. Lo recuerdo y, a pesar de eso, no veo el pozo y caigo en él.

Al quinto día salgo de mi casa. Recuerdo que tengo que tener presente el socavón en la acera y camino mirando al suelo. Y lo veo y, a pesar de verlo, caigo en él.

Al sexto día salgo de mi casa. Recuerdo el socavón en la acera. Voy buscándolo con la mirada. Lo veo, intento saltarlo, pero caigo en él.

Al séptimo día salgo de mi casa. Veo el socavón. Tomo carrerilla, salto, rozo con la punta de mis pies el borde del otro lado, pero no es suficiente y caigo en él.

Al octavo día, salgo de mi casa, veo el socavón, tomo carrerilla, salto ¡llego al otro lado!. Me siento orgulloso de haberlo conseguido que lo celebro dando saltos de alegría....Y, al hacerlo, caigo otra vez en el pozo.

Al noveno día, salgo de casa, veo el socavón, tomo carrerilla, lo salto y sigo mi camino.

Al décimo día, justo hoy, me doy cuenta de que és más cómodo caminar......por la acera de enfrente.